dimecres, 16 / gener / 2008

A ESO DE LAS CINCO EN PUNTO DE LA TARDE, NOS ENCONTRAMOS A VECES CON LOS GRANDES AMORES DE LA VIDA.



Suponte que estamos saliendo

.

Que nos tomamos algo

y que a eso de las cinco en punto de la tarde

nos damos un beso.

Suponte que volvemos a salir

porque los besos que suceden a esas horas de la tarde

son como ráfagas

en una ciudad tan llena de brisas

como la nuestra.

Y suponte además

que no nos preocupan demasiado

las ráfagas

hasta que un día

se nos bocanadan delante

como un isógono del sol

haciendo señas

con su hambre tercermundista

y su miedo absurdo de domador.

Para entonces

ya empieza a preocuparnos el resultado calor

y el cosquilleo espontáneo de barniz

que sube

y que baja

y que vuela

por todos los huesos

como un viento bordado

de mariposas de hojarasca

.

Tanto que después,

aunque acudamos puntuales a las citas

nadie garantiza

que una tarde en un mes cualquiera

todo termine

como el mismo parecido razonable

de las novelas del amor

que comenzaban

a darnos pistas.

Pero esta vez de la vida

se nos retrasa

el despertador del olvido

.

Y es que a eso

de las cinco en punto de la tarde

las manecillas del reloj

se quedan bajo aquella

felicidad ahumada

llena de versos granujas

que me hicieron la jugada

de velarse entre los folios.

Suponte que entre idas y venidas del tiempo

llegan esas oportunidades de la vida

que te dan con sus espuelas

o sus magias

y te convierten esta vez

en gaviota hilada

hecha de nubes.

Tal vez se confirmen al cubo

las sospechas de las veladas románticas

si te pongo este mantel de tangli sin hule

con un par de servilletas

y cucharas.

Pero suponte que están

las antiguas resonancias de saber

que eres tú quien elude las citas,

y entonces

me olvido del postre.

Habrás supuesto

que es domingo por la tarde

y que los supermercados no están abiertos

.

Que estoy

sin nata instantánea de spray

sin galletas del Príncipe de Beukelaer

sin donuts de chocolate

y sin horchata.

Sólo tengo café

.

Y no más que

ventanas que dan a los parques

en los que lentamente,

son columpios que juegan

a empujarse

con de los pistilos azules de la primavera.

Ahora previsiblemente

estará silbando la cafetera

mientras se apaga suavemente el programador

de tu nevera

para precalentar mi horno

a 170 grados.

Tú no estás demasiado lejos

para suponer

a eso

de las cinco en punto de la tarde

que algo está a punto de cocerse

mientras te amaso el abecedario

.

Tú no estás demasiado lejos

para notar

que de confundir dos veces

al café por harina

se me dilaten nuevamente

las diástoles vasculares de la retina

y tenga que abrir

la ventana de los versos

para entregarte

l’especialite de la maison

con su fiel

aroma de ráfaga.

Suponen los antiguos libros de medicina

que abusar de la cafeína

produce insomnio.

Así es que siguiendo con las suposiciones

de las sumas sin las restas

y sabiendo

que las feromonas espontáneas

están haciendo de las suyas

en sus ahumadas vagonetas

de esquivar ráfagas rieles y ventanas

a una velocidad por hora

de quinientos isógonos de sol

y a partir

de las suposiciones del Amor contemporáneas

...

Una noche de estas habrá de venir

para volvernos a salir

a eso

de las cinco en punto de la tarde

.

Y que aquellos besos descarguen

doscientos kilos de azúcar

sobre

esta tarta glaseada de versos

sin dejarnos para el postre de los luegos

nada que no podamos confiturar

de aquella nuestra

garrapiñada manera de mirar

a eso

de las cinco en punto de la tarde

.

* Recitat al local Ignacio Ellacuría, Barri del Campanar, València, el 24 de Maig de 2007.


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